Familia

Poner un límite no es castigar

Por Maryana Morgado · · 3 min de lectura

Comedor con mesa de madera, sillas de bistró y flores blancas iluminado por la luz de la tarde

Mucha gente no pone límites porque siente que sería castigar a la otra persona. «No quiero hacerle daño a mi madre.» «No quiero que mi hermano se sienta rechazado.» «No quiero ser como mi padre, que cortaba con todo el mundo.» Y como poner un límite se parece demasiado a castigar, aguantan.

Pero un límite y un castigo son cosas muy distintas. Entender la diferencia cambia por completo la forma de relacionarse.

La diferencia

Un castigo busca que el otro pague. Su objetivo es hacer sentir mal, dar una lección, equilibrar la balanza. Suele ir acompañado de enfado y de la intención de que el otro sufra un poco.

Un límite busca protegerte. Su objetivo es cuidar lo que necesitas. No pretende cambiar al otro ni hacerle daño; habla de lo que tú vas a hacer o no vas a hacer.

Un ejemplo:

  • Castigo: «Como siempre me criticas, no te voy a llamar en un mes, a ver si aprendes».
  • Límite: «Cuando empieces a criticar cómo crío a mis hijos, voy a terminar la llamada. Te quiero y quiero hablar contigo, pero no de esa forma».

En el primer caso, el objetivo es que la madre aprenda una lección. En el segundo, el objetivo es que tú no tengas que escuchar algo que te hace daño. La madre puede seguir criticando si quiere; tú decides qué haces cuando ocurre.

Cómo se reconoce un límite sano

  • Habla de ti. «Yo no voy a…», «yo necesito…». No «tú tienes que…».
  • Es proporcionado. Responde a la situación, no a todo el historial de agravios.
  • Se dice con calma, o al menos sin intención de herir.
  • Se mantiene sin rencor. No necesitas estar enfadada para sostenerlo.
  • Deja la puerta abierta. Permite que la relación continúe, solo que de otra manera.

Por qué los confundimos

Muchas personas crecieron en casas donde los límites solo aparecían en forma de castigo. Nadie decía «no me gusta cuando haces esto»; simplemente había un silencio de días, una retirada del cariño, una explosión. Si eso es lo que aprendiste, es normal que cualquier límite te parezca una agresión.

También influye la reacción del otro. Cuando alguien acostumbrado a tu disponibilidad se encuentra con un límite, suele reaccionar mal. Se ofende, se victimiza, te acusa de haber cambiado. Y es fácil pensar: «si se lo toma así, debe de ser que lo estoy castigando». No necesariamente. Puede ser simplemente que no le gusta perder algo a lo que estaba acostumbrado.

Cómo poner un límite sin que sea un castigo

Decide antes qué vas a hacer. No qué va a hacer el otro, sino qué harás tú si se cruza la línea.

Dilo en un momento tranquilo, no en medio de una pelea. Si lo dices enfadada, se va a vivir como castigo aunque no lo sea.

Sé breve. Cuantas más explicaciones, más espacio para discutir. Hay ejemplos en cómo decir que no sin justificarte de más.

Añade el cariño cuando sea verdad. «Te quiero y por eso quiero que estemos bien.» No es una estrategia, es recordar que el límite existe precisamente para que la relación pueda seguir.

Cúmplelo sin dramatizar. Si dijiste que terminarías la llamada, termínala con calma: «Ahora lo dejo, hablamos otro día». Sin portazos.

La culpa que viene después

Es casi seguro que, después de poner un límite, sentirás culpa. Sobre todo con la familia. Esa culpa no significa que hiciste algo malo. Significa que estás haciendo algo nuevo, algo que va en contra de lo que aprendiste. Con el tiempo, la culpa baja. Y la relación, muchas veces, mejora: se vuelve más honesta y menos cargada de resentimiento.

Si te cuesta mucho poner límites, o los pones y luego los retiras por culpa, se trabaja en profundidad en límites personales.

Maryana Morgado

Escrito por Maryana Morgado, que acompaña por llamada de WhatsApp a personas en Venezuela y a venezolanos repartidos por medio mundo.

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