El método

Cómo trabajo

Sin recetas y sin frases hechas. Preguntas que ordenan, atención a lo que se repite, escritura para seguir pensando entre sesiones y un paso concreto al final de cada llamada.

Mesa de madera con una planta en maceta, una taza y un cuaderno junto a la ventana

Partir de lo que pasa, no de una teoría

Cada persona llega con una historia distinta, pero casi todas comparten algo: han intentado resolverlo solas, han leído, han preguntado, han escuchado consejos de gente que las quiere. Y aun así, lo que les pesa sigue ahí.

Por eso no empiezo con una explicación general de lo que te pasa. Empiezo preguntando. Qué pasó la última vez, qué dijiste, qué callaste, qué hiciste después. Los detalles concretos dicen mucho más que las conclusiones que uno ya tiene armadas en la cabeza.

Buscar lo que se repite

Lo que más ayuda a cambiar no es entender un episodio aislado, sino ver la secuencia que se repite. Situaciones distintas, personas distintas, y sin embargo el mismo final.

Cuando aparece la repetición, la pregunta deja de ser «¿por qué me pasa esto?» y pasa a ser «¿qué hago yo, sin darme cuenta, para que esto termine igual?». No es una pregunta para culparte. Es la única que te devuelve capacidad de decidir, porque lo que hacen los demás no lo controlas; lo que haces tú, sí.

Ver para qué sirve

Casi todos los patrones que hacen daño tuvieron sentido en algún momento. Callarse servía para no empeorar las cosas en una casa tensa. Ocuparse de todos servía para sentirse necesaria. Desconfiar servía para no volver a llevarse una decepción.

Cuando se entiende la función de un comportamiento, se puede buscar otra forma de cubrir esa necesidad. Si solo se intenta eliminar el comportamiento sin ver para qué servía, lo normal es que vuelva.

Escribir para pensar

Entre sesiones propongo ejercicios de escritura terapéutica. No son diarios en blanco ni frases motivadoras. Son consignas concretas: escribir la conversación que no tuviste, describir un día normal con todo detalle, hacer la lista de lo que haces por los demás y la de lo que nadie hace por ti.

Escribir obliga a ir más despacio que el pensamiento, y en esa lentitud aparecen cosas que en la conversación se escapan. Hay más sobre esto en escritura terapéutica: cómo empezar.

Terminar con algo concreto

Ninguna sesión acaba en «ya iremos viendo». Al final de cada llamada hay un paso que puedes dar: una conversación que preparar, un límite que probar, algo que observar durante la semana. Pequeño y realista. Los cambios grandes se sostienen sobre muchos pasos pequeños bien dados.

Lo que no hago

  • No doy diagnósticos clínicos ni trato trastornos psicológicos o psiquiátricos.
  • No te digo lo que tienes que hacer con tu vida. Te ayudo a ver con claridad para que lo decidas tú.
  • No prometo resultados en un número fijo de sesiones.
  • No alargo procesos que ya cumplieron su función.
  • No juzgo tus decisiones, tu fe, tu orientación ni tu forma de vivir.

Si en una sesión aparece algo que necesita un psicólogo, un psiquiatra o un médico, te lo digo con claridad y te animo a buscarlo. El acompañamiento puede convivir con un tratamiento, pero nunca sustituirlo.

Confidencialidad

Lo que se habla en las sesiones se queda en las sesiones. No se graban las llamadas y no se comparte nada de lo que cuentas. Los ejemplos que aparecen en esta web y en el blog son situaciones habituales contadas en general, nunca historias de personas concretas.

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