Después de una discusión, uno de los dos deja de hablar. No grita, no insulta, no se va. Simplemente se calla. Contesta con monosílabos, evita la mirada, sigue con su vida como si el otro no existiera. Y eso dura horas, a veces días. Quien lo recibe suele sentir una angustia difícil de explicar: no hay nada concreto de qué quejarse, pero todo pesa.
Silencio no es lo mismo que espacio
Conviene distinguir dos cosas que pueden parecerse por fuera.
Necesitar espacio es legítimo. Hay personas que, después de una discusión fuerte, necesitan un rato para calmarse antes de poder hablar. Eso está bien, siempre que se diga: «necesito una hora para pensar, luego hablamos». Hay un tiempo, hay un regreso y no hay intención de hacer daño.
El silencio como castigo es otra cosa. No se anuncia ni tiene fecha de fin. Su función no es calmarse, sino hacer sentir mal al otro, demostrar que está enfadado, obtener una disculpa o recuperar el control. Quien lo recibe no sabe cuándo terminará ni qué tiene que hacer para que termine.
Por qué hace tanto daño
El silencio castigador es muy eficaz precisamente porque no deja huella visible. No hay gritos que denunciar ni palabras que recordar. Y sin embargo comunica algo muy claro: «no existes para mí hasta que yo decida». Para muchas personas, esa sensación de ser ignoradas por alguien a quien quieren activa un miedo muy antiguo, el miedo a ser abandonadas.
Por eso es tan frecuente que quien recibe el silencio termine pidiendo perdón aunque no sepa bien por qué. Cualquier cosa con tal de que se acabe la angustia. Y así el silencio se refuerza: funcionó.
Por qué algunas personas lo usan
No siempre es una estrategia consciente. Muchas personas que castigan con el silencio lo aprendieron en casa: era lo que hacía su madre o su padre cuando estaba enfadado. Otras no saben expresar el enfado de otra forma y temen que, si hablan, van a decir algo terrible. Otras lo usan porque les da una sensación de poder en una relación donde se sienten vulnerables.
Entender por qué ocurre no lo justifica, pero ayuda a no tomarlo como una verdad sobre ti.
Si lo recibes
Nombrarlo con calma
Sin acusar ni suplicar. Algo como: «Noto que no me estás hablando desde ayer. Entiendo que estés enfadado. Cuando quieras hablar, aquí estoy». Y luego seguir con tu vida.
No perseguir
La tentación es insistir, preguntar una y otra vez, buscar la reconciliación a toda costa. Eso suele alargar el silencio, porque confirma que funciona.
No pedir perdón por lo que no hiciste
Si hay algo de lo que te arrepientes, puedes decirlo. Pero no pidas perdón solo para que termine el silencio. Eso enseña que el silencio es el camino para conseguir disculpas.
Cuidarte mientras dura
Hablar con alguien de confianza, salir, hacer cosas que te gusten. No dejar que tu día gire en torno a si la otra persona te habla o no.
Hablarlo cuando haya calma
Cuando el episodio haya pasado, en un momento tranquilo, se puede hablar de cómo se sintió y de qué podría hacerse distinto la próxima vez. Por ejemplo, acordar que quien necesite espacio lo diga y diga cuándo vuelve.
Si eres tú quien lo usa
Si te reconoces en el otro lado, no estás sola ni eres un monstruo. Pero sí vale la pena revisarlo. Algunas preguntas: ¿qué siento cuando me callo?, ¿qué espero que pase?, ¿qué temo que ocurra si hablo? Muchas veces detrás hay un enfado que no sabes expresar sin explotar. Aprender a decir «estoy muy enfadada y necesito tiempo antes de hablar» es un primer paso enorme. Hay pautas para esos momentos en qué hacer después de una discusión fuerte.
Cuándo es una señal de alarma
Si el silencio es frecuente, dura días, va acompañado de otras formas de control (sobre tu dinero, tu teléfono, tus amistades) o te hace vivir con miedo constante a provocar el próximo, la relación está en un terreno peligroso. No es algo que tengas que aguantar. Habla con alguien de confianza y busca apoyo.
Si en tu relación los silencios se han vuelto la forma habitual de resolver los conflictos, trabajarlo en sesión ayuda a entender tu parte y a decidir qué hacer. Lo trata relaciones y pareja.

Escrito por Maryana Morgado, que acompaña por llamada de WhatsApp a personas en Venezuela y a venezolanos repartidos por medio mundo.



