Venezolanos fuera

La culpa de irte y la culpa de quedarte

Por Maryana Morgado · · 4 min de lectura

Dos maletas junto a la puerta abierta de una casa iluminada por dentro

En muchas familias venezolanas hay dos culpas que conviven sin nombrarse. La de quien se fue, que siente que abandonó. Y la de quien se quedó, que siente que no tiene derecho a quejarse porque «al menos está en su casa». Cada una mira a la otra con algo de envidia y algo de reproche, y casi nunca se dicen nada.

Este artículo es para las dos.

La culpa de quien se fue

Suele aparecer en momentos muy concretos. Cuando abres la nevera llena. Cuando te duchas con agua caliente sin pensar en si va a haber mañana. Cuando publicas una foto en la playa y piensas en quién la va a ver. Cuando tu mamá te cuenta, sin quejarse, que lleva tres días sin luz.

Detrás de esa culpa hay varias ideas que casi nadie pronuncia:

  • «No tengo derecho a estar bien si ellos están mal.»
  • «Me fui y los dejé solos con todo.»
  • «Lo que mando nunca es suficiente.»
  • «Si hubiera estado allí, esto no habría pasado.»

Ninguna de estas frases resiste un examen honesto. Nadie emigra por capricho; se emigra porque las opciones se estrechan. Estar bien fuera no le quita nada a nadie dentro; al contrario, muchas veces es lo que permite ayudar. Y la idea de que tu presencia habría evitado una enfermedad o una pérdida suele ser una forma de control imaginario: es más fácil sentirse culpable que aceptar que había cosas que no dependían de ti.

La culpa de quien se quedó

Se habla mucho menos de ella, pero existe. Es la de la hija que se quedó cuidando a los padres y a veces siente rabia. La del hermano que no se fue porque no pudo o no quiso, y que ahora se compara con los que tienen fotos en Madrid. La de quien recibe ayuda desde fuera y siente que no puede pedir más, ni quejarse, ni decir que está agotado.

Sus frases suelen ser estas:

  • «No tengo derecho a quejarme, ellos lo pasaron peor al irse.»
  • «Si me fuera yo también, ¿quién se ocupa?»
  • «Me da vergüenza depender de lo que mandan.»
  • «A veces me alegro de que no estén, y eso me hace sentir horrible.»

También aquí hay una trampa. Quedarse no es una vida de segunda, ni una falta de valor, ni una deuda que haya que pagar aguantándolo todo en silencio. Quien sostiene a los mayores, la casa y la vida diaria en el país está haciendo un trabajo enorme, y tiene derecho a decir que le pesa.

Cuando las dos culpas se encuentran

Lo interesante es lo que pasa cuando esas dos culpas se cruzan en una llamada familiar. Quien se fue, para aliviar su culpa, ofrece dinero, consejos y soluciones desde lejos. Quien se quedó, para no parecer desagradecido, dice que todo está bien. Nadie cuenta lo que de verdad siente. Y poco a poco se instala una distancia que no tiene que ver con los kilómetros.

A veces estalla. En una visita en diciembre, en una discusión por cómo cuidar a la madre, en un mensaje leído con el tono equivocado. Y lo que sale entonces no es el problema del momento, sino años de culpa y resentimiento acumulados por los dos lados.

Qué ayuda

Separar culpa de responsabilidad. La culpa pregunta «¿qué hice mal?». La responsabilidad pregunta «¿qué me toca hacer ahora?». La primera no tiene respuesta útil; la segunda sí. Si estás fuera, tu responsabilidad puede ser mandar una cantidad pactada, llamar con regularidad y participar en las decisiones importantes. No es tu responsabilidad estar bien solo cuando ellos lo estén. Se explica a fondo en culpa y responsabilidad no son lo mismo.

Decir lo que pasa, en pequeño. No hace falta una gran conversación familiar. Basta con empezar a contar algo verdadero. «Hoy me costó mucho estar lejos.» «Estoy cansada de llevar a mamá al médico sola.» Una frase honesta abre más que cien «todo bien».

Reconocer el trabajo del otro. A quien se quedó le sienta muy bien que alguien reconozca lo que sostiene. A quien se fue le sienta muy bien que alguien entienda que irse también costó. Un «gracias» sincero en ambas direcciones desarma mucha culpa.

Revisar los acuerdos. Muchas familias funcionan con acuerdos que nadie decidió: quién cuida, quién paga, quién decide. Ponerlos sobre la mesa, aunque incomode, evita que el resentimiento siga creciendo. Hay ideas para hacerlo en cuidar a tus padres desde lejos.

Darte permiso para estar bien. Si te fuiste, disfrutar de lo que construiste no es una traición. Si te quedaste, tener una vida propia más allá de cuidar tampoco. Nadie gana nada con que estés mal.

Una culpa que dice algo

La culpa, al final, suele hablar de amor. Te sientes culpable porque te importa. El trabajo no es dejar de querer, sino encontrar una forma de querer que no te destruya. A algunas personas les basta con leer algo así para respirar un poco. A otras les ayuda más ponerlo en palabras con alguien, porque la culpa familiar está muy enredada y cuesta verla desde dentro. Para eso existen las sesiones de duelo migratorio y de culpa y responsabilidad.

Maryana Morgado

Escrito por Maryana Morgado, que acompaña por llamada de WhatsApp a personas en Venezuela y a venezolanos repartidos por medio mundo.

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