Hay decisiones que se toman en un momento y otras que se quedan abiertas durante meses, a veces años. ¿Me voy o me quedo? ¿Sigo con esta relación? ¿Dejo este trabajo? ¿Vuelvo a Venezuela? Le das vueltas, haces listas, preguntas a todo el mundo. Y cuando parece que ya lo tienes, aparece una voz: «¿y si te equivocas?». Y vuelta a empezar.
Por qué el miedo a equivocarse paraliza
En teoría, el miedo a equivocarse debería hacerte decidir con más cuidado. En la práctica, cuando es muy intenso, hace lo contrario: te impide decidir. Y no decidir también es una decisión, solo que tomada por defecto.
Hay varias razones por las que este miedo crece tanto:
- Buscas una certeza que no existe. Ninguna decisión importante viene con garantía. Si esperas estar completamente segura, nunca vas a decidir.
- Imaginas el error como irreparable. La mente tiende a pensar que si eliges mal, no habrá vuelta atrás. Casi nunca es así.
- El error dice algo de ti. Para muchas personas, equivocarse no es solo un mal resultado; es una prueba de que no valen. Eso hace que el riesgo parezca mucho mayor.
- Hay muchas voces. Lo que diría tu familia, lo que hicieron otros, lo que supuestamente «toca» a tu edad. Separar lo que quieres tú es difícil.
Miedo o intuición
Una de las preguntas más frecuentes es cómo distinguir entre un miedo que te frena y una intuición que te avisa de algo real. Se sienten parecido en el cuerpo, pero suelen tener rasgos distintos:
El miedo suele ser ruidoso, insistente y catastrófico. Habla en términos de «¿y si…?», imagina el peor escenario, y aparece ante cualquier cambio, no solo ante este. Si lo examinas, suele estar hecho de suposiciones.
La intuición suele ser más tranquila y concreta. No grita; insiste en voz baja. Señala algo específico: «hay algo en esta persona que no me cuadra», «este trabajo no tiene que ver conmigo». Si la examinas, suele apoyarse en detalles que has visto aunque no los hayas nombrado.
Una pregunta útil: si este miedo desapareciera mañana, ¿qué elegirías? La respuesta no siempre es la correcta, pero suele mostrar lo que quieres de verdad.
Algunas ideas para avanzar
Pregúntate qué es lo peor realista
No lo peor imaginable, sino lo peor razonable. Si eliges mal, ¿qué pasaría de verdad? ¿Podrías corregirlo? ¿Cuánto te costaría? Muchas veces, al responder con detalle, el error deja de parecer una catástrofe y se convierte en un problema manejable.
Separa la decisión del momento
A veces lo que paraliza no es la decisión en sí, sino tener que tomarla todo de golpe. ¿Se puede dar un primer paso pequeño que no comprometa todo? Un viaje de prueba, una conversación exploratoria, un periodo acordado.
Pon fecha
Las decisiones abiertas indefinidamente agotan. Ponerte un plazo razonable, no apresurado, ayuda a pasar de pensar a decidir.
Decide tú
Escucha opiniones, pero al final pregúntate: ¿qué quiero yo? Si la decisión sale mal, eres tú quien va a vivir con ella. Es mejor que sea tuya.
Acepta que vas a tener dudas después
Casi todas las decisiones importantes vienen seguidas de un periodo de duda. Es normal. No significa que te equivocaste. Significa que dejaste algo atrás y que lo echas de menos.
Lo que dice de ti
Equivocarte no te hace menos. Todas las personas que admiras han tomado decisiones que salieron mal. La diferencia no está en no equivocarse, sino en cómo se responde después: aprender, corregir, seguir. Una persona que nunca se equivoca suele ser una persona que nunca decide nada.
Si llevas mucho tiempo bloqueada ante una decisión, a veces ayuda ordenarla con alguien de fuera. No para que te digan qué hacer, sino para quitar ruido y ver con claridad qué está en juego. Es lo que se trabaja en tomar decisiones difíciles.

Escrito por Maryana Morgado, que acompaña por llamada de WhatsApp a personas en Venezuela y a venezolanos repartidos por medio mundo.



